Estudio de caso2025BoliviaArte & Cultura
Cuando el actor más vulnerable de una transacción es también quien crea el valor, el diseño tiene que tomar partido. QURI fue ese ejercicio.
Las plataformas disponibles eran internacionales — pensadas para mercados con infraestructura de pagos, logística y expectativas de precio radicalmente distintas a las de un artista boliviano. Vender en ellas implicaba aceptar comisiones opacas, métodos de pago sin opciones locales y una interfaz cultural pensada para otro comprador.
QURI partía de una premisa diferente: construir para el contexto boliviano desde el principio, sin adaptar un modelo extranjero.
No con una guía de entrevista estructurada, sino con disposición a observar. Conversaciones abiertas con dos artistas, visitas a sus espacios de trabajo y observación directa de un grupo de cuatro creadores más.
Esta aproximación etnográfica ligera no pretendía ser estadísticamente representativa. Su valor estaba en exponer al equipo a la realidad económica del artista antes de que hubiera una sola pantalla diseñada.
Sin un canal propio, su trabajo era invisible más allá del boca a boca y las redes sociales genéricas.
Las plataformas existentes eran extranjeras, con lógicas de soporte que no contemplaban el contexto boliviano.
No tenían claridad ni poder de negociación real sobre comisiones ni condiciones de venta.
Costos de envío, moneda y expectativas de precio de otras plataformas generaban fricción antes de publicar.
"No tengo dónde mostrar lo que hago sin que parezca un post cualquiera."
— artista · visita a taller
El modelo de negocio de QURI partía de una premisa clara: proteger los ingresos de creadores en una posición vulnerable. Traducir esa premisa en decisiones de interfaz fue el núcleo del trabajo.
Diseñé una estructura donde el artista ve en todo momento cómo las comisiones de la plataforma se traducen directamente en mayor exposición y distribución de su obra — no como un costo abstracto, sino como un intercambio visible y razonado. El ingreso neto era calculable antes de publicar.
Las comisiones fijas eran públicas y visibles antes de publicar cualquier obra. Las comisiones porcentuales — vinculadas al tipo de venta o subasta — se mostraban al momento de configurar la publicación, respetando siempre el margen mínimo propuesto por el artista. Si había renegociación por el valor de una obra, el proceso era explícito.
El perfil del artista funcionaba como un portafolio autosuficiente: verificación de identidad, historial de ventas, documentos de proceso y una galería que el artista podía completar a su manera — su proceso, su ambiente, sus herramientas. No un template genérico: un espacio que el artista podía moldear para contar su historia.
La arquitectura se construyó desde cero priorizando dos recorridos: el del artista que publica su obra y el del comprador que descubre y adquiere una pieza. Ambos debían terminar sin sorpresas.
El archivo de Figma contiene prototipos de alta fidelidad. Los espacios de abajo se reemplazarán con las capturas exportadas.
El proyecto se mantiene en fase de prototipo de alta fidelidad en Figma. Se pausó antes de pasar a desarrollo por falta de inversión, no por falta de claridad en el diseño.
La arquitectura de información, los flujos de usuario y las pantallas principales están completos. Lo que falta es la validación con más artistas y la primera iteración en producción.
Cuando la restricción es ética —no solo de negocio—, hay decisiones de interfaz que no se pueden justificar con métricas de conversión. Eso no es un costo: es lo que hace que un producto sea honesto con quienes lo usa.
Seis artistas observados directamente fueron suficientes para identificar patrones que ningún benchmark extranjero habría mostrado. El número no es lo que valida el research.
El flujo de publicación de obra con al menos tres artistas reales, antes de invertir en el catálogo del comprador. El artista es el actor más crítico del sistema.